Una de las escenas más habituales en tienda es ver a una pareja buscando
una corbata o una pajarita de un color muy concreto. A veces incluso llegan con el vestido de ella en la bolsa y la frase es clara: “Quiero una corbata exactamente de este mismo color”.
Por supuesto, cada cliente es libre de elegir lo que desea, pero confieso que,
como asesora de imagen, ese planteamiento me genera siempre una primera
reflexión: ¿y él?
Porque antes de hablar de colores, habría que hacerse preguntas básicas pero
fundamentales:
¿De qué color es el traje?
¿Con qué camisa se va a combinar?
¿Ese tono realmente le favorece a él?


Un simple accesorio —una corbata, una pajarita o incluso un pañuelo de
bolsillo— tiene el poder de transformar por completo un mismo traje. Por eso, lo verdaderamente importante no es que el color coincida con el vestido de la pareja, sino que armonice con el conjunto y potencie a la persona que lo lleva. Si además hablamos de protocolo, conviene aclararlo: no existe ninguna norma que obligue a combinar el color de la corbata con el vestido de la pareja. Es una elección personal, no una regla de estilo. Y, desde mi punto de vista, cuando esta “coordinación” se convierte en obligación, suele jugar en contra del resultado final.


Basta con observar las fotos de grupo en muchas bodas: vestidos y corbatas
perfectamente emparejados, colores de tendencia repetidos una y otra vez… y el resultado es que muchos hombres terminan pareciendo uniformados. Todo muy correcto, sí, pero con poca personalidad y escasa originalidad.
Cada vez que asisto a un evento, confieso que tengo la ilusión de encontrar
parejas que me sorprendan por su elegancia y autenticidad. Lamentablemente, no es lo más habitual. Y no solo ocurre con la corbata, sino también con el pañuelo de bolsillo, convertido en demasiadas ocasiones en una mera extensión del vestido, perdiendo toda intención estilística. La clave es sencilla y clara: no se trata de combinar por imposición, sino de armonizar con criterio.
El color de la corbata debe elegirse en función de la colorimetría del hombre
—su piel, sus ojos, su cabello— y del resto del conjunto. Solo después, si se desea, puede hacerse un guiño sutil a la pareja: un matiz, una textura, una intensidad similar. Nunca una copia literal. Porque al final, ellos tienen exactamente el mismo derecho que nosotras a brillar, a verse favorecidos y a expresar su personalidad. No están ahí para ser un accesorio más, sino para sentirse seguros, elegantes y auténticos.



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